Estar Sano o Enfermo es una Opción Personal

Su tesis es categórica y está avalada por dos décadas de trabajo en terapias con enfermos graves: de tanto maltratarse malviviendo, las personas se producen las dolencias. Sostiene que hay una relación muy estrecha entre estilos de vida y enfermedad. La solución dependería de uno mismo.

En Chile entre un 40 y un 50% de los problemas gástricos y del corazón son ocasionados por exceso de trabajo sin sentido y el estrés es potencial causa de cáncer. Esta enfermedad está incidiendo cada vez más en gente joven. Es una voz de alerta: los jóvenes están sometidos a presiones altísimas, desde los colegios a las universidades, donde la competencia es enorme, dice la psicóloga clínica Jennifer Middleton. Aboga por un cambio de valores para recuperar el placer de vivir, porque cree, tal como plantea en el título de su último libro, que "La vida es algo más que correr y es urgente "aprender a no vivir tensos en un mundo de tensiones".

Middleton es pionera en Chile de la psicología oncológica integrada, que relaciona al estrés crónico con el desarrollo del cáncer y otras enfermedades. Creó el departamento de Psicooncología de la Corporación Nacional del Cáncer, dirigiéndolo durante casi cuatro años y es fundadora y directora del Centro de Desarrollo de la Persona , junto a su marido Jens Bücher (un ingeniero, apasionado autodidacta de la medicina china y la filosofía, cultor del yoga y, según Jennifer, autor del modelo que ella utiliza en sus terapias).

En 1991 publicó el libro Yo (no) quiero tener cáncer, una guía para modificar el escenario donde se gestan esta y otras enfermedades. La obra, reeditada por Grijalbo Mondadori en 2001, nació, explica, como una forma de combatir el elitismo de la psicoterapia en el país, ofreciendo a los enfermos herramientas para la participación activa en su recuperación.

El cáncer constituye la tercera causa de muerte a nivel nacional. ¿Por qué nos enfermamos tanto?
Porque este país está loco. Los valores por la persona, por la naturaleza, por lo sano están destituidos y lo que vale es el prestigio, el dinero, cosas que por supuesto son enfermantes. Para lograrlas hay que trabajar en exceso, competir y agredir para ganarle al otro. Tenemos que aprender a trabajar menos tiempo y en forma más productiva. No puede ser que pasemos casi 500 horas al año arriba del auto o del bus. Los vecinos ya no se conocen. Te subes al Metro y toda la gente está con el ceño fruncido. Si haces una encuesta y le preguntas a la gente cómo está, lo primero que te dice es cansada. No es una forma sana de vivir. No vinimos al mundo para vivir cansados.

Dice que enfermarse es un asunto de voluntad. ¿Cómo opera este proceso?

Vivimos maltratándonos, y hay una parte nuestra que reclama contra ese maltrato, enfermándose. Somos responsables de casi todas las dolencias que tenemos. La enfermedad empieza con quejas pequeñas como jaquecas, colon irritable y va aumentando hasta llegar a manifestaciones graves, tales como diabetes, infarto o cáncer. En ese sentido la enfermedad se hace, no es algo que llega por magia. En familias con una carga genética de cáncer, hay personas que se enferman y otras que no y son precisamente aquéllas que viven más sano las que no se enferman.

¿Sus terapias apuestan a revertir este proceso?

Si una persona ha tenido la alternativa de intervenir en su enfermedad, puede terciar en su recuperación. No se trata de crear culpas y castigarte porque te has enfermado, sino de responsabilizarte para producir un cambio en tu vida. Nosotros tenemos gente que enfermó hace 15 ó 17 años y hoy está viva. Son personas que han hecho grandes cambios en su manera de vivir y ver el mundo.

¿Qué es lo que usted llama "escalada psicosomática" para describir la forma progresiva de enfermarnos?

El organismo empieza a avisar en formas muy sutiles, que se van transformando en manifestaciones cada vez más fuertes, hasta terminar en una enfermedad grave. Si pudiéramos atender a estos síntomas en sus inicios, probablemente evitaríamos cosas más serias. En cambio, tenemos la mala costumbre de ponerles mordaza a los reclamos de nuestro cuerpo, con antidepresivos si se trata de aspectos psicológicos, con Migranol si es una jaqueca, sin preguntarnos por qué el cuerpo se queja.

¿Qué se debe hacer, entonces, cuando tenemos estos"reclamos sutiles"?

Hay que preguntarse qué es lo que quiere ese "bruto" que uno lleva adentro. El sistema médico no tiene incorporado recomendar a las personas que consulten con un psicólogo cuando aparecen los primeros síntomas psicosomáticos de la enfermedad. Atendí a una mujer de 25 años, con un cáncer gástrico, cuyas molestias habían partido cuando estaba en kínder (parvulario), se subía al transporte del colegio y le daban retortijones de guata. Entonces le recetaron un calmante. Después, en la adolescencia, tuvo colon irritable y le dieron otros medicamentos. Luego tuvo úlceras gástricas y finalmente terminó con cáncer. Pero ninguno de los médicos que la atendió sugirió ir a un terapeuta para buscar las razones de su malestar.

¿Cómo definiría al candidato al cáncer?

Lo más importante que hemos podido medir es que hay un predominio de la tensión por sobre el entusiasmo vital. Las cosas se hacen por deber y no por ganas . Lo segundo es un bloqueo emotivo, habitualmente relacionado con la rabia o la pena por algún motivo. No hay conciencia de las emociones. Por último, existe la frustración, casi siempre frente a los propios logros en materias como el trabajo y la pareja. Son personas con autoestima baja, autopostergadas, algo muy común en el caso de los cánceres de mama. Gente que tiene duelos no elaborados. Y, cosa importante, su sistema valórico no aprecia el ocio y las vivencias de paz y armonía.

¿Hasta dónde pueden estos estilos de vida afectar a los niños?

El nivel de apremio es atroz. Los niños imaginativos o demasiado inquietos, que se desconcentran porque tienen una fantasía privilegiada, son tratados con Ritalín porque se salen de la norma del curso y molestan. No se valora lo especial que puede ser ese niño, sino solamente lo que corresponde a la norma y el rendimiento. El móvil de esta dinámica de exigencia es el prestigio del colegio, para atraer más alumnos, porque rinde económicamente. Es una perversión usar a los niños para mejorar una organización de carácter económico.

¿Se ganaría llevando talleres de autocuidado a los colegios, como usted plantea?

Es fundamental partir con los niños, creándoles un estilo de enfrentamiento hacia la salud y la enfermedad distinto, enseñándoles mediante el juego maneras de aprender a detectar síntomas de enfermedad antes de que sean graves, a que sepan que tienen una responsabilidad frente a su salud.

En Chile hay empresas que están planteando políticas para conciliar vida laboral y familiar ¿Hasta dónde daña abusar del trabajo?

El daño lo puedo resumir en un dibujo de sus padres que hizo una niñita: los dibujó a los dos durmiendo en la cama. ¡Patético! La imagen que ella tiene es que están siempre cansados. El daño en la vida familiar es espantoso: poco contacto con los hijos, problemas en el colegio, drogas, problemas en la pareja. La infidelidad es enorme, porque es más fácil tener una amante en la oficina que llegar a estar con la señora en la casa.

¿Ve posible bajarse de este carro?

Lo primero es reconocer nuestra responsabilidad en el asunto. Vivimos en un país tenso, tenemos que aprender a relajarnos. Es chiva decir "no tengo tiempo". Uno siempre se puede hacer un tiempo. No es un imposible comer sano, relajarse tres o cuatro veces al día, dos a tres minutos, en momentos en que estás en la cola del banco, en el metro. Basta con respirar profundo, inflando el vientre o tensando y soltando la musculatura. Además es importante no "ciclar" violentamente. El cuerpo no es una cosa a la que se le hace switch on o switch off: necesitas despertar de a poco y prepararte para dormir. Si uno llega reventado y cae tenso a dormir a las 11 de la noche, no va a tener un sueño reparador. Pero lo fundamental es vivir en forma más disfrutada, buscar cosas en las que uno sienta que se distiende, que puede ser un libro, música, ir a nadar. Y hacerlo con gusto, jamás como una imposición.

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