Estando un anciano asceta moribundo en su miserable choza fue asaltado por un temible bandido famoso por su crueldad, pero al observar al anciano en su pobreza y soledad, por primera vez sintió compasión por una víctima y le preguntó:

“¿Qué puedo hacer por ti miserable viejo?“

El anciano lo observó detenidamente como tratando de descifrar algún misterio en su mirada y pausadamente le pidió:

“Ves aquel frondoso árbol que está frente de mi choza, ve y tráeme una rama grande y fuerte”.

El asesino tomó su hacha y de tres golpes certeros desprendió una gran rama, la cual arrojó al lado del lecho del viejo, dio vuelta y próximo a partir escuchó una vez más la voz del anciano que le suplicó:

“¡Por favor, ayúdame una vez más, lleva esta rama y devuélvela a su lugar de origen!”

El bandido sorprendido le escupió en la cara: “¡Imposible, jamás podré hacer que esta rama vuelva a estar en su lugar!”.

El místico le contestó: “Recuérdalo siempre, el auténtico poder no es para destruir, se demuestra su grandeza solamente al construir”.

El asesino soltó su hacha y acompañó al viejo hasta que en paz murió.

Miguel Angel Cornejo
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