El Poder de la Palabra Hablada

Proactividad en acción

Lo que el hombre piense de sí mismo en su corazón, esa será la percepción que los demás tendrán de él. Todo en la vida es cuestión de actitud. Es comprender que las cosas no sólo dependen del exterior, sino de las interpretaciones que tengamos de nuestro propio mundo interior.

Cada palabra que pronunciamos es sin duda un DECRETO, pues la palabra no es otra cosa que la expresión del pensamiento, de los sentimientos, del yo interior. Cuando una persona está bien consigo misma, cuando sus estados mental y espiritual están sincronizados y actúan en armonía, las palabras que salgan de sus labios, difícilmente se hallarán pigmentadas de odio, rencor y pesimismo, porque no estará en disposición de generar este tipo de manifestaciones. En cambio, cuando un individuo es internamente pobre, cuando su mundo interior es un volcán en erupción donde la armonía no tiene cabida, sus pensamientos manifestados a través de la palabra, harán honor a su estado mental, y con gran maestría y facilidad será proclive a volcar sobre sí mismo, y los demás, una avalancha de expresiones cargadas de negativismo, de impropiedades, de destemplanzas.

Sin duda alguna, en nuestro diario transitar, por los distintos senderos de la vida, tanto en lo individual como en lo profesional, nos encontramos con personas que se han tomado la misión de restarle espacio a la alegría, al amor, a la energía positiva. Pareciera que les molesta, les exacerba que hayan seres felices, seres capaces de comprender que los problemas son del tamaño de la visión que tengamos de ellos, que las situaciones desdichadas se ajustan a la dimensión de la mirada de cada cual, que ante todo hecho negativo o no deseable, podamos inferir rasgos positivos o un aprendizaje.

Cuando alguien habla, dice quién es, se describe ante los ojos de los otros, desnuda su espíritu y se construye o se destruye a sí mismo, porque la palabra puede acariciar como el más dulce beso, pero también puede herir profundamente como la más filosa espada, puede alentar como el más fraternal abrazo o hacer desmoronar al más estoico de los mortales.

En tal sentido, si queremos vivir en armonía este fugaz intervalo de vida con nosotros mismos y con las personas que nos rodean, debemos tratar de hacer EL MEJOR uso de la palabra, evitar expresiones que vayan en detrimento del crecimiento espiritual, pues somos mayormente energía, y los pensamientos que se escapen de nuestros labios serán la medida de nuestra condición humana. Tratemos de que nuestra manifestación verbal sea ciento por ciento positiva, hagamos un esfuerzo diario por cancelar todos aquellos rastros de negatividad que nos aborden. Cuando no tengamos nada positivo que decir de otra persona, entonces es mejor callar, porque qué fácil brotan de algunos labios frases con la intención de herir, como emerge del fango el mal olor que la propia tierra no puede resistir, palabras que empequeñecen a quien las osa decir, ya que nacen de un alma sórdida e infeliz, donde no tiene cabida la alegría donde no se alberga el perdón, donde no habita la magia y se encuentra ausente la humildad y la comprensión.

Dice un proverbio que a las palabras “se las lleva el viento”. Eso tal vez es cierto, o quizás la mayor insulsez, pero siempre dejan bien marcadas sus huellas. Ellas tienen su tiempo y su lugar, y como hablantes debemos utilizarla con la mayor propiedad y sindéresis.

A QUIÉN GRITA, Y USA LA PALABRA PARA DOMINAR, SE LE TEME O SE LE OBEDECE, MÁS NO SE LE RESPETA.

Vianney Vallenilla
Instructora en temas como Calidad y Servicio al Cliente, Supervisión,
El lenguaje del Líder, Excelencia y Crecimiento personal


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