La soledad, ese silencioso espacio que empieza a inundar mi ser. Cuando llega en forma imprevista me sobresalta y muchas veces, tengo que confesarlo, me llena de miedo y en ocasiones de tristeza.

Si dejo al principio, sin resistencia alguna, que me invada suavemente, esa pequeña vocecita se deja escuchar.

Mi propia conciencia, conforme el tiempo transcurre, empieza más fuerte a cuestionarme; en algún momento se convierte en grito y reclamo, y llamando en su ayuda, mis principios y valores me empieza a guiar.

Con la fe y fuerza que me da sentir la presencia cercana de Dios, empiezo humildemente a asimilar los errores que me propongo no volver a cometer y con positivismo aprendo también de mi triunfos y me empiezo nuevamente a construir.

La sonrisa se asoma en mis labios impulsada por la alegría que surge de mi interior, y mirando al firmamento vuelvo a depositar mi ser en las manos de Dios y surjo como un gigante dispuesto a alcanzar la estrella con la que soñé.

Gracias soledad porque me has conducido nuevamente a Dios.

Miguel Angel Cornejo
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