¡Prohibido innovar! Lo unico constante es el cambio (Parte 3)

Cuando las organizaciones, así como su gente, han entendido que el cambio es una realidad inmensurable, propia de la naturaleza misma del universo, y cuya constante renovación y cuestionamiento acercan cada vez más a la empresa al equilibrio propio de quienes, sin ostentar la perfección, buscan incrementar sus conocimientos y con ellos explorar y explotar nuevas fuentes de bienestar y riquezas, no es posible prohibir a nadie que innove.

Las organizaciones que aprenden están en constante intercambio con las revoluciones, saben que aquello que es cierto hoy podrá ser una quimera en el mañana y viceversa, por lo que se dedican más a la visión que poseen del futuro que a la fotografía que conservan del presente; saben que habrá elementos que por su condición o naturaleza, en el momento en que lo observan no habrá de cambiar, pero que en un futuro inmediato podría cuestionarse su existencia y, al percatarse de su obsolescencia, convertirse tan sólo en el recuerdo de los buenos viejos tiempos, sin que ello signifique la añoranza de los mismos.

Es un hecho: lo único constante es el cambio, y para quienes así lo asumen, cada día es un reto que al finalizar representa la recompensa de haber superado la prueba, por más similar que resultara al pasado.

Para un importante número de empresas, el cambio resulta una ventaja competitiva que de no estar presente restaría valor a la existencia misma de la organización. Empresas donde se encuentra involucrado el puesto más básico de su estructura hasta el más complejo, quienes aportan con la misma efectividad ideas que pueden enriquecer los procesos, sus servicios o productos, donde la sinergia no es una extraña palabra extraída de un libro de texto, o de un importante seminario, sino que conforma uno de los valores más preciados de su gente.

Resulta imposible imaginar empresas de tecnología donde la innovación no sea "el pan de cada día", así como las empresas del ramo automotor, de telecomunicaciones o de sistemas, pues sus mercados están diseñados para estar siempre un paso adelante, pero ¿aplica sólo para ellas? ¿Se puede ser constante con el cambio en otras empresas?

El cambio no significa transformase en un ente completamente diferente a lo que ahora se es, eso estaría más cerca de ser una reingeniería –en el aspecto más radical de la misma– que una transformación. El cambio en las organizaciones debe ser un proceso que apunte a la mejora, que inspire la innovación y alimente la creatividad para mantenerse en el mercado-meta o explorar mercados nuevos, debe ser una ventaja comparativa y competitiva, donde se evolucione sin perder la identidad, salvo que ello represente realmente un salto cuántico.

En todas las empresas la innovación está presente; todas tienen la misma oportunidad de agregar valor a sus procesos de manera constante y sostenida, sólo que dependerá del nivel de identificación que alcancen sus integrantes, lo oportuno y la agudeza de los cambios que se propongan.

Se dice que una vez que se ha alcanzado una fórmula para realizar un proceso a la perfección, debe ser desechada, pues la soberbia de la exactitud impide observar la posibilidad de mejorar y continuar evolucionando.

Existen ejemplos sorprendentes de estas transformaciones, pues hace apenas dos década los teléfonos celulares representaban grandes piezas de metal y plástico cuya autonomía de uso apenas si alcanzaba los 15 minutos y su peso superaba un kilogramo, en tanto hoy en día caben en la muñeca y pueden extender su funcionamiento por más de una semana. ¿Dejaron de ser teléfonos celulares por ello? ¡No! Se transformaron tal vez en el principio de lo que en realidad será su más alto nivel. Lo mismo pasó con el modelo “T”: ayer apenas si se diferenciaba de las carretas, hoy cualquier vehículo, por más sencillo que sea, ofrece confort a quien lo maneja y está muy distante de su predecesora. Todas esas revoluciones fueron introducidas por personas que entendieron la necesidad de ofrecer de manera constante mejoras, de innovar sin cambiar la esencia, las mismas que fungieron como ondas expansivas que excitaron la imaginación de usuarios y competidores y llevaron al mundo empresarial a la lucha constante por mantenerse en movimiento.

Por lo tanto el cambio tiene, para quienes lo observan como una herramienta, la capacidad de ajustarse a las necesidades, los sueños o las expectativas de quienes lo administran y gerencian, ya sea convirtiendo un quiosco de periódicos en un "centro de información", o quienes observan que el futuro de las telecomunicaciones está en el desarrollo de la genética.

El cambio es un proceso de innovación cíclico, ya sea sutil o radical. Todo lo nuevo produce la transformación de lo que se conoce, y ello lleva a sumar un paso en la evolución, la cual experimenta de nuevo el proceso y continúa avanzando. En realidad, por más que se prohíba innovar, el cambio terminará por imponerse. Así sucedió en el pasado y así será en el futuro. De hecho, la negación misma del cambio es la aceptación indirecta de su existencia: la gente no se puede oponer a algo que no existe.

Por todo lo anterior, es posible entender el hecho mismo que señala al cambio como una constante, una espiral ascendente en la cual no se es espectador sino protagonista, no se es el efecto sino la causa.

Cuando las organizaciones alcanzan ese nivel de madurez, el cambio no es un enemigo sino un aliado. La necesidad de agregar valor forma parte del desempeño de quienes la integran y ello repercute en la calidad de sus resultados. No se trata, entonces, de restar valor al nivel alcanzado en el presente, sino de observarlo como parte del proceso que sirve de cimiento para los niveles subsiguientes.

Todo cambio, por mínimo que sea, es la suma de una idea que llegó a buen término, avalada por una Directiva abierta a escuchar a su gente, por gente motivada a desarrollar su creatividad, por empresas donde lo único que está prohibido, en materia de transformaciones, es prohibir la innovación.

Félix Socorro
http://www.sht.com.ar


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