El Rey y su Halcón

Thomas Jefferson nos ofrece sencillos pero efectivos consejos para dominar el temperamento: Contar hasta diez antes de hacer nada, y contar hasta cien si estamos muy irritados. Genghis Khan (c. 1162-1227), cuyo imperio mongol se extendía desde el este de Europa hasta el Mar del Japón, podría haber usado el remedio de Jefferson en este cuento.

Genghis Khan era un gran rey y guerrero.
Llegó con su ejército a China y Persia, y conquistó muchas tierras. En todos los países, los hombres referían sus hazañas, y decían que desde Alejandro Magno no existía un rey como él.
Una mañana, cuando descansaba de sus guerras, salió a cabalgar por los bosques. Lo acompañaban muchos de sus amigos. Cabalgaban jovialmente, llevando sus arcos y flechas. Sus criados los seguían con los perros. Era una alegre partida de caza. Sus gritos y sus risas resonaban en el bosque. Esperaban obtener muchas presas.
En la muñeca, el rey llevaba su halcón favorito, pues en esos tiempos adiestraba a los halcones para cazar. A una orden de sus amos, echaban a volar y buscaban la presa desde el aire. Si veían un venado o un conejo, se lanzaban sobre él con la rapidez de una flecha. Todo el día Genghis Khan y sus cazadores atravesaron el bosque, pero no encontraron tantos animales como esperaban.

Al anochecer emprendieron el regreso. El rey cabalgaba a menudo por los bosques, y conocía todos los senderos. Así que mientras el resto de la partida tomaba el camino más corto, él eligió un camino más largo por un valle entre dos montañas. Había sido un día caluroso, y el rey tenía sed. Su halcón favorito había echado a volar, y sin duda encontraría el camino de regreso.

El rey cabalgaba despacio. Una vez había visto un manantial de aguas claras cerca de ese sendero. ¡Ojalá pudiera encontrarlo ahora!. Pero los tórridos días del verano habían secado todos los manantiales de montaña.

Al fin, vio agua goteando de una roca. Sabía que había un manantial más arriba. En la temporada de las lluvias, siempre corría por allí un arroyo caudaloso, pero ahora bajaba una gota por vez. El rey se apeó del caballo. Tomó un tazón de plata de su morral, y lo sostuvo para recoger las gotas que caían con lentitud. Tardaba mucho en llenarse, y el rey tenía tanta sed que apenas podía esperar. En cuanto el tazón se llenó, se lo llevó a los labios y se dispuso a beber.

De pronto oyó un silbido en el aire, el cual le arrebató el tazón de las manos. El agua se derramó en el suelo. El rey alzó la vista para ver quién le había hecho esto. Era su halcón. El halcón voló de aquí para allá varias veces, y al fin se posó en las rocas, a orillas del manantial.

El rey recogió el tazón, y de nuevo se dispuso a llenarlo. Esta vez no esperó tanto tiempo. Cuando el tazón estuvo medio lleno, se lo acercó a la boca. Pero apenas lo intentó, el halcón se hecho a volar y se lo arrebató de las manos.

El rey empezó a enfurecerse. Lo intentó de nuevo, y por tercera vez el halcón le impidió beber. El rey montó en cólera. ¿Cómo te atreves a actuar así?, exclamó. Si te tuviera en mis manos, te retorcería el cuello. Llenó el tazón de nuevo, pero antes de tratar de ver, desenvainó la espada. Amigo halcón, dijo, ésta es la última vez. No acababa de pronunciar estas palabras cuando el halcón bajó y le arrebato el tazón de la mano. Pero el rey lo estaba esperando. Con una rápida estocada abatió el ave.

El pobre halcón cayó sangrando a los pies de su amo. Ahora tienes lo que mereces, dijo Genghis Khan. Pero cuando buscó el tazón, descubrió que había caído entre dos piedras, y que no podía recobrarlo.

De un modo u otro, beberé agua de esa fuente, se dijo.

Decidió trepar la empinada cuesta que conducía al lugar de donde goteaba el agua. Era un ascenso agotador, y cuanto más subía, más sed tenía. Al fin llegó al lugar. Allí había, en efecto, un charco de agua, ¿pero qué había en el charco?, una enorme serpiente muerta, de la especie más venenosa.

El rey se detuvo. Olvidó la sed. Pensó sólo en el pobre pájaro muerto. ¡El halcón me salvó la vida!, exclamó. ¿Y cómo le pagué?. Era mi mejor amigo, y lo he matado. Bajó la cuesta. Tomó suavemente al pájaro y lo puso en su morral. Luego montó a caballo y regresó deprisa, diciéndose: Hoy he aprendido una lección, y es que nunca se debe actuar impulsado por la furia.

Fuente: Historia tomada de “El Libro de las Virtudes, de William J. Bennett, editorial Vergara.

Esta historia la podemos complementar, con el bellísimo mensaje que deja una leyenda árabe que hablaba de dos amigos que viajaban por el desierto y en un determinado punto del viaje discutieron y uno le dio una bofetada al otro. El ofendido, sin nada que decir, escribió en la arena: Hoy mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro.

Siguieron adelante y llegaron a un oasis donde resolvieron bajarse. El que había sido abofeteado y lastimado comenzó a ahogarse, siendo salvado por el amigo. Al recuperarse tomo un estilete y escribió en una piedra: HOY MI MEJOR AMIGO ME SALVO LA VIDA.

Intrigado el amigo preguntó: ¿Por qué después que te lastimé, escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?. Sonriendo, el otro amigo respondió: "Cuando un gran amigo nos ofende, debemos escribir donde el viento olvide y el perdón se encargue de borrarlo. Por otro lado cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la piedra de la memoria del corazón donde viento ninguno en todo el mundo pueda borrarlo".

Juan Carlos Carames Paz
Fundador de Spectrum Business, C.A., Consultora, Asesoría y Desarrollo del Capital Humano. Autor del libro “Significados, diez razones para renovar tu vida”


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