Estamos en lo alto de una montaña, al lado de una columna de piedra con algunas inscripciones. Desde allí arriba puedo divisar un templo en medio del bosque.

Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que a Vos recurrimos. Amén.

- Ese es uno de los tres santuarios que el peregrino tiene que visitar, y cuando llega aquí siente una inmensa alegría al saber que ya está cerca de uno de ellos – dice Katsura. – Según la tradición, ninguna mujer podía ir más allá de este punto si estaba en su período menstrual. Cierta vez, una poetisa vino hasta aquí y vió el templo, pero a causa de la menstruación, no podía continuar su viaje. Consideró que no tendría fuerzas para esperar cuatro días sin comer y resolvió volver sin conseguir su objetivo. Escribió una poesía agradeciendo los días de la caminata, se preparó para el regreso a la mañana siguiente y se acostó a dormir.

La Diosa entonces apareció en sus sueños y le dijo que, como sus versos eran tan hermosos, podía seguir adelante; así que, como usted ve, hasta los dioses cambian de opinión ante las bellas palabras. La columna de piedra tiene esa poesía escrita”.

Katsura y yo comenzamos a caminar los 5 kilómetros que nos separan del templo. De repente me viene a la memoria las palabras del biólogo que había conocido: “Si la Diosa quiere que usted practique Shuguendo – el camino del arte de la acumulación de experiencia – ella le mostrará lo que hay que hacer.”

- Me voy a sacar los zapatos – le digo a Katsura.

El suelo es pedregoso, el frío cortante, pero Shuguendo es la comunión con la naturaleza en todos sus aspectos, incluso el del dolor físico. Katsura también se saca los suyos y comenzamos a andar.

Apenas doy el primer paso y una piedra puntiaguda entra en mi pie, y siento que el corte es profundo. Reprimo el grito y prosigo. Diez minutos después, estoy andando a la mitad de velocidad que al comienzo, el pié herido duele cada vez más, y por un momento pienso que aún me queda mucho trayecto que recorrer del viaje, que puedo tener una infección, que mis editores me esperan en Tokio, donde hay entrevistas y citas concertadas. Pero el dolor pronto aleja estos pensamientos. Decido dar un paso más, otro más, y seguir adelante hasta donde sea posible. Pienso en los muchos peregrinos que pasaron por allí practicando Shuguendo, sin comer durante semanas, sin dormir durante días. Pero el dolor no me deja tener pensamientos profanos o nobles es simplemente dolor, que ocupa todo el espacio, me asusta, me obliga a pensar que tengo un límite y no voy a conseguir mi propósito.

Aún así puedo dar un paso más, y otro. El dolor ahora parece invadir el alma y me debilita espiritualmente, porque no soy capaz de hacer lo que mucha gente hizo antes que yo. Es un sufrimiento físico y espiritual al mismo tiempo, no parece un casamiento con la Madre Tierra, sino un castigo. Estoy desorientado, no cambio ni una palabra siquiera con Katsura, todo lo que existe en mi universo es el dolor al pisar las piedras pequeñas y cortantes que marcan el sendero entre los árboles.

Entonces sucede una cosa muy extraña: el sufrimiento es tan grande que, en un mecanismo de defensa, yo parezco flotar por encima de mi mismo e ignorar lo que estoy sintiendo. En el límite del dolor hay una puerta para acceder a un nivel diferente de conciencia, y ya no hay espacio para nada más, solo para la naturaleza y yo.

Oh María, sin pecado concebida, rogad por nosotros que a Vos recurrimos. Amén.

Ahora ya no siento más el dolor, estoy en un estado letárgico, los pies continúan recorriendo automáticamente el camino , y yo entiendo que el límite del dolor no es mi límite; puedo ir más allá. Pienso en todos los que sufren sin pedirlo, y me siento ridículo por estar flagelándome de esta manera, pero aprendí a vivir así – experimentando la gran mayoría de las cosas que están ante mí.

Cuando finalmente paramos, me armo de valor para mirar mis pies y ver las heridas abiertas, El dolor, que estaba escondido, vuelve otra vez con fuerza; pienso que el viaje acabó allí, no podré caminar durante muchos días. Y cual no es mi sorpresa al comprobar al día siguiente que todo había cicatrizado: la Madre Tierra sabe como cuidar a sus hijos.

Y las cicatrices van más allá del cuerpo físico; muchas heridas que estaban abiertas en mi alma fueron expulsadas por el dolor que sentí mientras andaba por el camino de Kumano en dirección a un templo cuyo nombre no recuerdo. Existen ciertos sufrimientos que solo consiguen olvidarse cuando podemos fluctuar por encima de nuestros dolores.

FUENTE: http://www.paulocoelho.com
“Guerrero de la Luz Online, publicación de www.paulocoelho.com.br

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Traducido por Montserrat Mira