El Mal Samaritano

En el Seminario Teológico de Princeton, cuarenta estudiantes esperaban su turno para dar un breve sermón de práctica. Con intervalos de quince minutos, los seminaristas iban - uno a uno- hasta otro edificio para dar su charla. En el camino, todos pasaron junto a un hombre que, tirado en un portal, gemía fuertemente. Seis de cada diez seminaristas que pasaron al lado de ese hombre siguieron de largo; ignorándolo.

Veinte de los cuarenta estudiantes, debían hablar en su sermón sobre la parábola del Buen Samaritano, el hombre que ayudó a un extraño a la vera del camino. Pero resultó que quienes habían trabajado sobre dicho pasaje bíblico, no se mostraron -de manera alguna- más dispuestos a ayudar al hombre del portal que aquellos que trataban otros temas.

Probablemente, hay momentos en los que hasta el más altruista de nosotros no se detendría a ayudar al prójimo (por ejemplo, cuando se está corriendo para alcanzar un avión). En el caso de los seminaristas, uno de los principales factores que determinaron si el estudiante se detenía a ayudar o no, era el grado de apuro que llevaba. De los estudiantes que pensaban que estaban llegando tarde para su presentación, sólo uno de cada diez se detuvo; de los que consideraban que tenían tiempo de sobra, seis de cada diez se detuvieron. Pero lo que no tuvo ninguna incidencia en su forma de actuar fue, que en ese preciso momento, estuvieran reflexionando sobre la parábola del Buen Samaritano...

El hombre que está tirado boca abajo en la vereda de una calle muy transitada constituye una incógnita para los transeúntes: ¿Es un borracho? ¿Un drogadicto? ¿Estará enfermo? ¿Herido? ¿Será peligroso? ¿Podría tener un cuchillo en el bolsillo? ¿Necesitará ayuda? ¿Debo ayudarlo, ignorarlo, o avisar a un policía? ¿Alguien le ayudará?...

El estudio del Buen Samaritano, fue parte de los ensayos llevados a cabo por un grupo de psicólogos para descubrir cuándo una persona ayuda a otra que se encuentra en una situación apremiante. Todos estos ensayos tenían un elemento en común: las personas estudiadas eran siempre tomados por sorpresa. Estaban, en ese momento, involucrados en otra situación, en otro "marco referencial": en camino a alguna cita u otra circunstancia de su vida cotidiana. Su encuentro con la persona que de pronto necesitaba ayuda, los enfrentaba con un desafío a su propio marco referencial. Ayudar a alguien requiere dejar de hacer lo que uno está haciendo, abandonar por un momento su marco referencial, para reemplazarlo por otro.

Quizás el factor principal que determina si la gente ayuda o no ayuda, esté constituido por el conglomerado de marcos referenciales que el sociólogo George Simmel denominó "trance urbano": Un estado de aislamiento en el que caen los habitantes de la gran ciudad, como adaptación necesaria frente al trajín y bullicio que los rodea.

El trance urbano otorga la capacidad de proteger, al individuo que lo posee, de aquellos hechos que desviarían su atención e implicarían una urgencia. En la mayoría de los casos, esa protección implica más beneficios que costos: podemos prestar total atención a lo que nos interesa, sin que nos distraiga el bullicio del mundo que nos rodea. Pero, tal como lo demuestran los "Malos Samaritanos", esta protección tiene un costo social. ¿Qué opina usted.

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