¿Reingeniería o simplemente más de lo mismo?

En los últimos años venimos escuchando numerosos comentarios acerca de la "Reingeniería", el "Desarrollo Sustentable", las "Reestructuraciones" y otros conceptos afines a lo que significa reconstruir o reformar las organizaciones sobre la base de tanto una determinada ideología, si así se le puede llamar, como también una determinada postura desde el punto de vista del liderazgo por la cual se observa a todos los recursos de la organización como “commodities” o relativamente iguales.

En estos tiempos, los recursos humanos se han convertido también en una especie de producto a granel que se comercializa como una parte más de dichas organizaciones. Las empresas se compran y se venden, se fusionan y hasta van a la bancarrota llevando consigo, como un componente más, a los seres humanos que las componen.

Por supuesto que la racionalidad financiera, contable, comercial y hasta fiscal hace que sea necesario enumerar y valuar a todos los componentes de una organización – incluyendo a las personas – de forma igual y paradójicamente, injustamente equitativa, simplemente porque desde prácticamente todo punto de vista social un ser humano no puede ser considerado a la par de las sillas, los escritorios y otros adminículos propios de un inventario.

Esta es la falla fundamental de muchos de los procesos de ingeniería organizacional que se han emprendido en los últimos años, tanto a nivel empresario como incluso nacional, pues son muchos los países que han cambiado significativamente sus propios paradigmas ideológicos y económicos para hacerlos afines a lo que a todas luces constituye una visión del mundo basada primordialmente en lo financiero.

No es que esté mal hacer dinero o buscar la eficiencia, pero todo líder debe saber que siendo las organizaciones un conjunto de sistemas, el todo siempre es más que la suma de sus partes y por consiguiente, una parte – en este caso lo financiero – nunca podrá suplantar al todo porque sencillamente, al ser cada una de esas partes un simple componente o subsistema de menor orden, no puede convertirse en el sistema mayor o suplantar a los demás subsistemas hermanos pues tal pretensión contradice a su propia naturaleza.

Más allá de las elucubraciones económicas o políticas del momento, pretender como ha sucedido a lo largo de la historia humana que una parte de una sociedad se convierta en un todo nunca ha producido éxitos de largo plazo, sino más bien fracasos, y los líderes que se encaramaron con esas ideas y llevaron a sus grupos y equipos a través de tales caminos, siempre han quedado entre lo ridículo y lo perverso.

La cultura occidental ha tenido su edad media cuando la religión dejó de ser una parte más de la vida y pretendió convertirse en teocentrismo. El mundo islámico hoy en día se encuentra envuelto en numerosas turbulencias que indicaría que están atravesando un proceso similar.

Cuando en Europa, hacia fines del siglo XIX, los emperadores y reyes se entusiasmaron con la pólvora sin humo, empezaron a ver todos los asuntos de la política internacional desde una perspectiva militar, para luego convertirse en militarista. Todo se solucionaba con unas cuantas explosiones, y así hasta hubo ciudades que fueron bombardeadas por flotas enviadas para – literalmente – castigar a determinados países por retrasar el pago de sus deudas.

En el derecho internacional, lo que se conoce como la "Doctrina Drago" en esencia consiste en un razonamiento que explica por qué no se debe actuar militarmente en tales casos. Esto puede parecernos obvio hoy en día, pero a principios del siglo XIX era algo tan novedoso que los líderes de entonces simplemente empezaron a aplicarla a regañadientes y en muchos casos simplemente de letra y no de espíritu.

Sabemos que el siglo XX ha sido uno de los más violentos de la historia humana, y ello se relaciona con que al desarrollarse la tecnología pero no a la par el espíritu humano, los líderes se tentaron con el uso de la fuerza a fin de conseguir sus fines, y ello llevó a que la crueldad humana sumada al poder de fuego, la velocidad de las comunicaciones y el transporte, y la evolución de la política como instrumento para movilizar masas de seres humanos, produjeron enfrentamientos imperiales como la primera guerra mundial, e ideológicos – casi religiosos – como la guerra civil española y la segunda guerra mundial.

Después de mucho sufrimiento, gran parte del mundo parece haber comprendido que lo afrodisíaco de las armas es también muy peligroso, pero continuamos enfrentándonos a la misma clase de procesos mentales que nos llevaron a todos esos desastres, y hasta podemos ver de vez en cuando a algún entusiasta belicista que confunde al poder con las armas - dos cosas que no siempre son lo mismo – y pretende en cierta manera instaurar nuevamente una realidad basada en ellas.

Invariablemente, quienes pretenden destruir terminan destruyéndose, pero lo importante es que la confusión en la que caen muchos líderes que confunden una parte de su realidad con la totalidad de ella, sigue constituyendo una conducta bastante habitual y que por ceguera ideológica termina produciendo por lo general un gran número de problemas que no se reconocen a tiempo.

Por ejemplo, y volviendo a la idea de las reestructuraciones organizacionales, desde hace años que estas se vienen aplicando. Un amigo mío trabajaba en una corporación que fue comprada y vendida cuatro veces en un mismo año por diversos grupos de inversores de distintos países.

Comprar y vender es algo que está bien, pero cuando se llega a una exacerbación semejante y si bien las sillas y ventanas de la empresa no sufren mayores inconvenientes, el personal sí, pues con toda compra y venta a nivel corporativo viene una posible reestructuración, nueva reingeniería y la gente termina teniendo miedo de esas cosas pues tales acciones se transforman casi siempre en reducciones de salarios y despidos de parte del personal.

Cuando un tratamiento médico razonable, aconsejable y necesario se aplica en demasía, puede dejar de ser provechoso y convertirse en tan perjudicial como la enfermedad que pretende solucionar.

La ingeniería organizacional llevada al superlativo barroco se traiciona a sí misma, pues pretendiendo mejorar la eficiencia de la corporación, al alterar las relaciones intangibles pero estructuralmente vitales de sus grupos y equipos, en realidad obliga a muchos de sus componentes humanos o racionales a actuar de manera menos eficiente pues los coloca constantemente a la defensiva.

En otras palabras, un empleado de cualquier rango de una corporación que se somete a reestructuraciones constantes no estará pensando en mejorar su eficiencia sino en conservar su empleo, cosa que no necesariamente será lo mismo en todos los casos o en el largo plazo.

Por todo esto es que el liderazgo no puede ni debe ser visto simplemente como una tarea propia del mundo material, sino que requiere de sabiduría, lo cual constituye algo propio del mundo espiritual. Un líder es un sembrador de ideas y un cosechador de voluntades; las ideas pueden ser buenas o perversas, y las voluntades estimuladas por los líderes pueden encaminarse hacia lo bueno o lo malo.

Si la voluntad del subordinado es esencialmente buena y ha sido estimulada por el buen ejemplo emulado del líder, entonces este último habrá triunfado. En todos los demás casos el líder fracasa.

De acuerdo a esto, cualquier decisión de un líder que termina alienando al subordinado constituye un fracaso en lo que se refiere al proceso de emulación que es la clave de cualquier proceso de liderazgo efectivo.

Algunas decisiones pueden resultar polémicas o localmente perjudiciales y por lo tanto cierto grado de disconformidad debe aceptarse como un riesgo; es decir, los enemigos constituyen un subproducto de todos los procesos de liderazgo.

Sin embargo, cuando la magnitud de la disconformidad, su duración o ambas cosas alcanzan cierto punto, la situación se puede volver incontrolable y por consiguiente no resulta conveniente adoptar posturas y tomar medidas que sean fundamentalmente alimentantes, y tampoco es bueno desestimar los puntos de vista de los subordinados o de otros simplemente porque existe la percepción de que son más débiles, pues estos generalmente también son más numerosos.

Pablo Edronkin
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