La amistad y el Liderazgo (II Parte)

Frente a este uso tan calculado de las relaciones humanas lo único que se puede anteponer es la ética. Si no fuera por ella toda relación entre las personas sería de usufructo, y como la ética contempla los sentimientos humanos entonces queda claro que la amistad debe existir en el poder también, para aceitarlo y moderarlo.

Por consiguiente, no hay que dejarse tentar por las situaciones en las que una aparente amistad o alianza puede aportar beneficios en el corto plazo, y mucho menos si en el pasado, tal pretendiente de amigo ya nos ha fallado.

Esto puede extenderse incluso a la relación entre los países, y yo digo que por ejemplo, quienes creen que hay que arrimarse al fuego de las superpotencias y formar bloques y alianzas con ellas están muy equivocados puesto que un país mucho más poderoso que el propio es también aquel más propenso a sentirse tentado a traicionar cualquier amistad si es que la necesitaremos algún día, puesto que siendo mucho más poderoso que el país propio puede darse el lujo de resistir nuestras protestas e incluso podrá defenderse mejor de los mismos males.

Por ello, nada hay aconsejable en el hecho de buscar amistades interesadas, pero menos hay de saludable en el hecho de que tales nuevos amigos sean de una escala de poder mucho mayor que la propia, porque dejarán de serlo por ella en el momento más difícil para nosotros, o directamente usarán esa diferencia en contra nuestra.

Con semejantes amigos de imitación no hay que tratar de arreglar nada una vez que se ha producido un colapso de tal naturaleza; lo único que cabe es el usufructo de las futuras situaciones obre la base de la retribución y la justicia.

Es muy probable que – fundamentados y compelidos por la avaricia – tales falsas amistades intenten acercarse nuevamente luego de que su alcahuetería los alejara en el momento menos pensado, con nuevos obsequios y palabras bienintencionadas, pero la razón de ello no será casi nunca corregir un error sino renovar una situación que en definitiva no desean perder y podemos analogizar al simple lucro. Tales amigos no son en realidad más que parásitos.

Es cierto que cabe la posibilidad de que tales individuos o naciones puedan intentar reparar un error, pero la historia nos ha enseñado que ello no se hace rápidamente tanto porque como cuesta admitir las equivocaciones, las ideas al respecto, las soluciones y por ende, la credibilidad, tardan un tiempo en crecer.

Las pretendidas soluciones mágicas y arreglos emotivos y espontáneos no son más que intentos de parte de quien los acomete por renovar una falsa amistad que luego volverá a finalizar otra vez que deban hacer algo por ella.

Frente a este tipo de situaciones, y si uno se encuentra en una posición de liderazgo, hay varias posibilidades:

  1. Se puede pretender que nada sucedió, con lo cual en realidad todo volverá a suceder.
  2. Se puede intentar utilizar la situación gracias a la renovada experiencia con el fin de obtener algún provecho.
  3. Se puede ignorar el acercamiento y descartar la pretendida amistad.

Descartar una amistad pretendida o real equivale a quemar las naves, algo poco prudente, sobre todo si recién se está recuperando de una desgracia. Solamente se descartan las amistades cuando la relación de poder es muy favorable, y ello es algo infrecuente al final de las crisis.

Pretender que no ha sucedido nada no solamente sería necio, sino bastante difícil puesto que por más corta que sea la memoria, siempre existirá alguna, y si se ocupa una posición de liderazgo, aunque no sea la propia será la de algún subordinado o un aspirante a ocupar el poder que se encargará de recordarla ya sea por miedo o por interés de ocupar nuestro sitio.

Lo mejor que se puede hacer en tales situaciones es morder el anzuelo haciéndole creer al pescador que una vez más nos va a comer, pero con la idea de ganar tiempo y utilizar la situación para tornar las cosas a nuestro favor. Esta intención de utilizar una pretendida amistad se encuentra justificada, en estos casos, en un sentido de justicia y retribución de absoluta legitimidad.

Alemania y Japón supieron hacer esto muy bien después de la segunda guerra mundial al aceptar la mano de sus vencedores con la simple idea de tomarla para subirse sobre sus hombros. Si bien estos países actuaron mal durante el conflicto bélico, sus adversarios tampoco fueron especialmente caritativos, sobre todo con la población civil y por ello el daño causado – a los ojos de los habitantes de los países derrotados por lo menos – ameritaba algún tipo de justificación en su doble sentido.

De ahí que lo que hay que hacer con las amistades interesadas es aprovecharlas para exprimir todo el provecho posible, y hacerlo dejando creer al otro que es quien tiene la iniciativa, para que durante más tiempo se pueda obtener un beneficio sin que el falso amigo se de cuenta de que la pretendida amistad ya no le conviene más.

No se trata con esto de igualar un mal con otro, sino de buscar una retribución para reponer lo dañado y quizás también para advertir al falso amigo.

Por lo tanto, en las relaciones entre los líderes, cuyas ideas y pensamientos son más pragmáticos y algebraicos que en el de las personas comunes, se puede decir que o bien se puede confiar totalmente o bien no se puede confiar para nada, pero no existe espacio para las medias tintas o los aliados de segundo nivel.

Si una organización ha creado un marco general en el cual trata con ciertos aliados, las nuevas amistades poderosas que repentinamente ofrecen algún tipo de trato que no es igual o comparable al que poseen con otros aliados deben verse con extrema desconfianza, pues de ello se puede deducir que tales poderosos estarán contando con obtener nuevos beneficios sin arriesgar tanto como antes, lo que constituye un indicio de que la nueva y buscada amistad no es vital sino simplemente pecuniaria.

Si un amigo no nos tiene total confianza, entonces a fin de mantener la escasa amistad existente lo mejor que se puede hacer es conservar el mismo grado de desconfianza hacia él, porque donde hay menos confianza también hay menos lealtad.

Irónicamente, en el ámbito de quienes se creen por encima de los otros y hasta de las leyes, es donde existe lo que podríamos denominar como la amistad más sincera, pues por simple prudencia e instinto de supervivencia solamente se puede ser amigo o no, pero no las dos cosas a la vez.

Queda por ver el caso de la neutralidad, lo cual significa que no se es ni amigo ni enemigo, sino un cortés desinteresado que será bien visto por dos bandos en pugna cuando a ambos les resulte útil o inevitable, pero que en caso de ser distinta la situación a los ojos de los demás siempre generará desconfianza.

De ahí que no sea casualidad que los estados neutrales que han sabido mantenerse en el tiempo siempre han asociado su existencia también al desarrollo de capacidades disuasivas más que creíbles, – generalmente en la forma de ejércitos importantes – y también una cierta afección por lo diplomático, y es menos casualidad aún que muchos organismos bilaterales o internacionales se establezcan allí, pues está en el interés del neutral mantener ocupados a los demás para que le perciban como útil.

Aquellos que deban mantenerse neutrales por encontrarse en el medio de dos grandes fuerzas en pugna serán los que deberán actuar de manera más insincera para demostrar que son neutrales y ser creíbles en ello; es decir, en el juego del poder no hay otra forma para mantenerse al margen de las disputas que mentir sobre ellas.

Pero aquellos que deseen mantenerse neutrales porque sinceramente creen que es lo mejor y no les interesa intervenir en las disputas de los demás, terminarán siendo mal vistos por todos, porque para entender la verdadera neutralidad hay que pensar objetivamente, y ocurre precisamente lo contrario en las mentes de dos adversarios en disputa.

Hay muchos casos de países que por no comprometerse en los conflictos de otros – hiciera falta realmente o no -, luego fueron dejados de lado totalmente porque el que es percibido como verdaderamente neutral también es percibido como no confiable a los ojos de cada rival.

En otras palabras, si usted es honesto pero no sabe cómo demostrar que su honestidad le será útil a dos deshonestos, será un tercer deshonesto el que tomará su lugar a fin de sobrevivir, y usted continuará pagando con su honestidad las deshonestidades ya olvidadas de otros.

La mejor manera de preservar a la lógica consiste en no olvidarse de que está inherentemente asociada a los sentimientos pues ambas son parte de la naturaleza humana y que sepamos, no existen de por sí y solas sin una mente que las contenga.

Del mismo modo, no se puede pretender analizar el mundo de manera sensible sin olvidarse de las reglas lógicas que subyacen a cualquier sensación o materia.

Todo esto puede parecer algo frío o calculado, pero no es nada más que una descripción de la realidad sobre la cual es necesario meditar dado que cuando hay poder de por medio hasta los santos bajan a la Tierra a buscar su parte y es necesario conocer la naturaleza humana para poder preservarla, porque en todo cínico hubo alguna vez un ingenuo.

Pablo Edronkin
Presidente de www.andinia.com
Director General del GEA (Grupo Explorador Argentino)


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