El Hombre que hacía caso de sus Sueños

Nací en la Casa de Salud São José, en Rio de Janeiro. Como fue un parto bastante complicado, mi madre me consagró al santo, pidiéndole que me ayudase a vivir. José se convirtió en un punto de referencia para mi vida, y desde 1987, el año siguiente a mi peregrinación a Santiago de Compostela, cada 19 de marzo doy una fiesta en su homenaje. Invito a amigos, personas trabajadoras y honestas, y, antes de comer, rezamos por todos aquellos que intentan mantener la dignidad en aquello que hacen. Rezamos también por los que se encuentran sin empleo, sin ninguna perspectiva de futuro.

En la pequeña introducción que hago antes de la oración, suelo recordar que, de las cinco veces que la palabra “sueño” aparece en el Nuevo Testamento, cuatro se refieren a José, el carpintero. En todos estos casos, un ángel intenta convencerlo de que haga justo lo contrario de lo que pensaba hacer.

El ángel le pide que no abandone a su mujer aunque ésta esté embarazada. Él podría haber dicho algo como “qué pensarán los vecinos.” Pero vuelve a casa y cree en la palabra revelada.

El ángel lo envía a Egipto. Y su respuesta podría haber sido: “pero si estoy establecido aquí como carpintero, tengo mi clientela; no puedo dejarlo todo de lado ahora.” Sin embargo, coge sus cosas y parte en dirección a lo desconocido.

El ángel le pide que vuelva de Egipto. Y de nuevo José podría haber pensado: “¿justo ahora que he conseguido estabilizar de nuevo mi vida, y que tengo una familia que mantener?"

Al contrario de lo que manda el sentido común, José hace caso de sus sueños. Sabe que tiene un destino que cumplir, que es el destino de casi todos los hombres en este planeta: proteger y mantener a su familia. Como millones de Josés anónimos, procura hacer su trabajo lo mejor que sabe, aun teniendo que hacer cosas que están muy lejos de su comprensión.

Más tarde, tanto la mujer como uno de los hijos se convierten en las grandes referencias del Cristianismo. El tercer pilar de la familia, el trabajador, es recordado sólo en los belenes de Navidad, o por aquéllos que tienen una devoción especial por él, como es mi caso, y como es el caso de Leonardo Boff, para quien escribí el prefacio de su libro sobre el carpintero.

Reproduzco a continuación parte de un texto del escritor Carlos Heitor Cony (espero que sea suyo, porque lo encontré en internet): “Cada dos por tres la gente se extraña de que yo, que me declaro agnóstico y no acepto la idea de un Dios filosófico, moral o religioso, sea devoto de algunos santos de nuestro calendario tradicional. Dios es un concepto o una entidad demasiado distante para mis recursos e incluso para mis necesidades. Pero los santos, precisamente porque fueron seres de carne y hueso, con los mismos cimientos de barro de los que yo fui hecho, merecen más que mi admiración. Merecen también mi devoción.

“San José es uno de ellos. Los evangelios no registran ni una sola palabra suya, solamente gestos, y una referencia explícita: "vir justus". Un hombre justo. Como se trataba de un carpintero, y no de un juez, se deduce que José era, por encima de todo, bueno. Bueno como carpintero, bueno como esposo, bueno como padre de un niño que marcaría la historia del mundo.”

Bellas palabras de Cony. Y yo, muchas veces, leo aberraciones del tipo: “Jesús fue a la India para aprender con los maestros del Himalaya.” Para mí, todo hombre puede transformar en sagrada la tarea que la vida le ha encomendado, y Jesús lo aprendió cuando José le enseñó a hacer mesas, sillas, camas.

Me gusta imaginar que la mesa en la que Cristo consagró el pan y el vino la había hecho José, porque así estaría allí la mano de un carpintero anónimo, que se ganaba la vida con el sudor de su frente y, justo por eso, permitía que los milagros se manifestasen.

FUENTE: http://www.paulocoelho.com
“Guerrero de la Luz Online, publicación de www.paulocoelho.com.br

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Traducido por Montserrat Mira


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