La Personalidad Orientada al Logro

Pareciera lo más común pensar que cada vez que un individuo emprende un proyecto o una actividad determinada, la consecuencia lógica de sus esfuerzos fuera el logro del objetivo perseguido.

Nos resulta natural pensar que las finalidades que pretendemos con nuestras acciones deberían converger, en forma unívoca, en los fines deseados.

Pero lo cierto es que en muchísimos casos, nuestros esfuerzos no se materializan en forma de los resultados esperados.

¿Por qué?

La conducta exitosa -esa que nos lleva a perseverar hasta lograr las metas- pareciera venir implantada en cada niño. Desde pequeños acometemos acciones que derivan en el logro más o menos inmediato de nuestros objetivos. Pero la cosa se complica un poco en la medida en que vamos creciendo y pretendemos o bien conseguir objetivos más complejos o nos afanamos en cosas que dependen de los demás.

En este caso surgen impedimentos que nos ponen a prueba y que incentivan el desarrollo de competencias como:

  • La capacidad de concentración para mantener el objetivo (y el deseo) en la mente a través del tiempo
  • Destrezas para persuadir a los demás a fin de que colaboren con nuestros planes
  • Habilidades para ensamblar estrategias que nos lleven a superar los obstáculos presentes
  • Imaginación y voluntad para posponer la gratificación inmediata

Todas estas competencias y talentos implican un aprendizaje en el cual nuestro entorno va a tener -como de costumbre- una gran influencia y va a marcar de manera significativa la diferencia entre una personalidad activa y recia, que persevera hasta lograr lo que desea y otra pasiva y blandengue, que se abate ante los primeros obstáculos.

Por ejemplo, el valor de “posponer la gratificación” en la formación de menores, ha sido demostrada científicamente. En experimentos en los que a niños se les diferían las recompensas a sus esfuerzos de una manera progresiva y controlada, se pudo observar como iba surgiendo en ellos cualidades como la tenacidad y la capacidad de sostener la visualización del objetivo a través del tiempo.

Casi todos hemos vivido la situación típica en la que cuando a un pequeño le negamos o le retrasamos el disfrute de un helado, un juguete u otra diversión, arma un tremendo berrinche con la intención de lograr sus fines.

Ese comportamiento es natural y sano. Se espera de nosotros que a esa edad simplemente satisfagamos todos nuestros deseos en el momento. Es decir, que comamos cuando tengamos hambre, que durmamos cuando tengamos sueño, que evacuemos cuando tengamos el intestino lleno.

Pero en el medida en que vamos creciendo descubrimos que la sociedad no siempre es tan colaboradora con nuestros planes y que, incluso, en muchas ocasiones puede que tenga exactamente los planes opuestos. Es en ese momento en que comienza a definirse el carácter.

“Cultiva una acción y tendrás un hábito,
cultiva un hábito y tendrás un carácter,
cultiva un carácter y tendrás un destino,
cultiva un destino y tendrás una vida”.

Con esas palabras resumía el autor la manera según la cual nos vamos labrando la vida: Acciones que repetidas desembocan en hábitos; hábitos que sumados conforman un carácter; carácter que determina un destino particular; destino que se vuelve nuestra vida.

Ahora bien, si estos procesos vividos en la infancia determinaron en buen grado nuestra personalidad de logro, nuestra orientación a los resultados, y no tuvimos un aprendizaje adecuado, entonces: ¿Ya no hay nada que hacer? ¿Debemos aceptar y conformarnos toda la vida con el hecho de que no somos persistentes?

La respuesta es no. ¡Claro que podemos modificar esos patrones de comportamiento!

Pero lo primero es que comprendamos la importancia de la “Orientación al logro o a los resultados”.

Muchas personas consideran que el éxito es la consecuencia lógica de un gran coeficiente intelectual, pero en mi experiencia personal, 8 de cada 10 personas exitosas que conozco los han sido más por tercas y tenaces que por inteligentes y brillantes.

Si bien la claridad mental es una excelente cualidad con la cual contar a la hora de emprender retos personales o profesionales, el coraje es un compañero más seguro, más confiable.

En mis conferencias siempre repito que hay sólo dos cosas que le podemos pedir a Dios: “Luz y Coraje”.

Cuando estamos en medio de una situación difícil, de una disyuntiva, que nos sabemos que hacer, es el momento de orar por “Luz”. Y la luz nos llega por medio de la palabra de un amigo, de un libro, de la letra de una canción, de una película, o de una intuición (la voz de la conciencia).

Una vez que tenemos la luz y que sabemos lo que tenemos que hacer, entonces es el momento de pedir “Coraje”, fuerza y arresto personal, para hacer lo que ya sabemos que tenemos que hacer.

La mala noticia es que el coraje no viene tan fácil y tampoco lo venden en las farmacias.

El coraje surge en las crisis, producto de un arrebato personal, de un quiebre, de una ruptura. El coraje está en la energía reprimida en nuestro inconsciente por todo aquello que no nos permitimos experimentar y que queremos hacer. El coraje es un acto de gran sinceridad, una gran liberación.

El arte de las personas perseverantes, tesoneras, es el arte de dosificar el coraje en “cómodas cuotas diarias”. Estas personas tienen la habilidad de reestablecer diariamente su fe en lo que esperan y de trabajar en consecuencia: “Sin prisa, pero sin pausa”.

Son gente que descubrió que la felicidad no consiste en llegar a la meta (si eso fuera así, tendríamos que conformarnos con pocos instantes de felicidad en toda una vida), sino en avanzar hacia ella de manera armónica.

La personalidad orientada a resultados no se pierde en la acción, sino que ve en ella el camino hacia la meta, hacia la realización, y cada cierto tiempo levanta la mirada, busca en el horizonte y enfoca de nuevo la meta.

En las “6 Leyes de Vlad ®” promulgamos un código de conducta basado en seis preceptos proverbiales para lograr que la gente se “haga cargo”, se comprometa, logre los resultados.

Y es que estamos convencidos de que es posible desarrollar una personalidad orientada a resultados si enfatizamos los seis principios que propiciamos:

  • Responsabilidad
  • Planificación
  • Medición
  • Esmero
  • Puntualidad
  • Iniciativa

El aprendizaje de esos Valores, Actitudes y Herramientas puede marcar la diferencia entre nuestro nivel actual de éxito y el que podemos alcanzar.

Las organizaciones y los países más desarrollados del mundo cuentan con muchos individuos orientados a resultados, gente que no se queda en intentos, que no se pierde en las tareas, sino que visualiza y consigue los resultados deseados. Gracias a esta gente es que avanzan las organizaciones y la sociedad.

Incorpórese pues al contingente de gente que se “hace cargo” y logra resultados.

Conclusiones

La “Orientación a Resultados” es una actitud y una aptitud mediante la cual el ejercicio de las funciones propias de un individuo o de un cargo se materializa en forma de los resultados esperados.

Los siguientes puntos pueden ayudarle a elevar su capacidad de logro:

  • Al comenzar un día, iniciar un proyecto o un trabajo, pregúntese: ¿Qué tendría que pasar al final de este día, proyecto, o trabajo para que lo pudiera considerar un éxito?
  • Organice sus acciones para el logro del resultado esperado.
  • Asuma únicamente las tareas que sólo Ud. puede hacer y delegue las demás.
  • Establezca medidas del avance, para saber que está llegando a la meta o cuando se está desviando.
  • Resuelva -no posponga- los problemas que se le presenten. Invierta tiempo en capacitarse en “solución de problemas y en cómo hacer decisiones”.
  • Celebre sus éxitos (Para ello es que se esforzó tanto).

Las satisfacciones que logra la persona comprometida con los resultados son enormes y las alcanza diariamente, eso refuerza más aún la confianza que tiene en sí misma.

Dispóngase pues a alcanzar el éxito “Sólo por este día” y renueve esa promesa cada día.
Vladimir Gómez
Consultor en Estrategias y Gestión Organizacional, Director de Consultoría de la firma Trinodus S.A., conferencista y facilitador en temas de transformación personal y organizacional, autor del libro “La Organización en 100 Palabras”

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