Pensar o Ser Pensado: Cómo dar fuerza al pensamiento deliberado

Por alguna curiosa razón, los seres humanos consideramos que cuando tenemos encendido el aparato mental, estamos pensando activamente, como si tuviésemos en verdad la potestad de “controlar nuestra mente”. Pero la realidad es que la mayor parte del tiempo somos pensadores pasivos, andamos como “rumiando” pensamientos.

Por “rumiar” queremos dar a entender ese fatigante proceso según el cual damos vueltas y vueltas a un mismo tipo de pensamiento, sin que aparentemente nos interese llegar a su solución. Es un modo particular que tiene nuestra mente de “entretenerse” cuando no le tenemos trabajo asignado. Y lo cierto es que ese terrible hábito resulta en un desgaste inusitado de nuestro potencial mental.

Cuando operamos en esta manera particular de pensar, pasiva, tal vez deberíamos decir que más que pensar estamos siendo pensados.

¿Pensados por quién, o por qué? Pues por los contenidos de nuestra memoria.

El aparato mental en su estado pasivo trabaja con el material que obtiene de nuestra experiencia, conservada en imágenes en la memoria. Es de allí de donde obtiene su materia prima para el deambular pasivo.

Pero sabemos que en otros momentos de nuestra vida diaria, sobretodo en el trabajo, nos encontramos despiertos, activos y realmente elegimos, voluntariamente, el tema para nuestro trabajo mental. En esos instantes, si contamos con una mente adiestrada y si aplicamos una o variadas técnicas o herramientas del pensar -como aquellas que desarrollara Luis Alberto Machado y sus brillantes colaboradores- y que para fortuna nuestra, se las están enseñando a nuestros hijos en las escuelas, los resultados serían bien gratificantes.

Filosofías y disciplinas antiquísimas como el Yoga, el Zen, y el Tai Chi, por sólo mencionar algunas de las más populares, se han dedicado desde tiempos inmemoriales a lograr que el individuo se posesione de su mente. Y por cierto que uno de los principios tácitos en todas estas corrientes de pensamiento, es el de que para poder decir que controlamos la mente, debemos ser capaces de detenerla, de ponerla en pausa.

No nos atreveríamos a decir que conducimos un auto si tan sólo fuésemos capaces de mantenerlo en movimiento, sin poder nunca frenarlo. No se nos ocurriría decir que controlamos un equipo de sonido si sólo pudiéramos mantenerlo encendido, cambiando de CD o de pista, sin poder nunca apagarlo. Pues algo similar sucede con este espectacular equipo que es nuestra mente. Podremos decir que lo controlamos sólo cuando podamos apagarlo a voluntad.

¿Cuánta energía disipamos inútilmente todo el día pensando en sandeces? ¿Cuánta de nuestra creatividad se pierde por andar rumiando pensamientos?

Las organizaciones harían bien en adiestrar a su personal en técnicas que le permitieran hacer dos cosas trascendentales: una poder pensar deliberadamente, de una manera sistémica y estratégica, y otra, aprender a dejar de pensar. Esto último es lo que se conoce como meditación, que, por cierto, es mucho más que dejar de pensar.

Varias investigaciones realizadas sobre el proceso de la meditación han determinado que luego de intervalos regulares de meditación, la mente sale fortalecida y la creatividad renovada.

De manera que consideremos en nuestras organizaciones el adiestrar a nuestro personal en dos disciplinas fundamentales: Aprender a pensar y aprender a dejar de pensar (Meditar). Los beneficios pueden ser insospechados y abarcarán no sólo su vida laboral, sino también los otros ámbitos de su vida.

Vladimir Gómez
Consultor en Estrategias y Gestión Organizacional, Director de Consultoría de la firma Trinodus S.A., conferencista y facilitador en temas de transformación personal y organizacional, autor del libro “La Organización en 100 Palabras”


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