Gestionando la Misión en su Organización

Cómo convertir el plan de la organización en el propósito de vida de su equipo de trabajo

Hay personas que todo lo que realizan lo hacen de una manera vibrante, apasionada, entusiasta. Gente que se entrega en cuerpo y alma a sus afanes, y a quienes como que el mundo se les desapareciera cuando se concentran en su trabajo, pues logran enfocarse totalmente en la tarea que les ocupa.

Es probable que más de un vez hayamos entrado en contacto con esa clase de personas, y seguramente también, nosotros mismos, hemos podido experimentar esa sensación de trabajar con entrega y dedicación.

Cuando eso ocurre, es interesante observar como en esos casos coinciden en el trabajo tres características:

  • Lo que hacemos nos gusta (placer)
  • Lo realizamos en forma sobresaliente (competencia)
  • Nos produce dividendos (beneficio)

Y es que no hay nada mejor que trabajar en algo que nos dé placer, algo para lo cual seamos particularmente competentes y que a la vez nos produzca beneficios. En esos momentos, que podemos llamar estelares, pareciera que el tiempo se detuviera, a la vez que sentimos como crecemos como personas.

Pues de esto, precisamente, trata la misión.

La misión podemos definirla como: la función, tarea o cometido básico en el cual se encuentra empeñada una persona u organización, para satisfacer una demanda o requerimiento de la sociedad.

La misión confiere dirección a un grupo y propósito a sus integrantes.

En las organizaciones el término misión es ampliamente conocido, ya que forma parte, junto con la visión y los valores, de los llamados “enunciados estratégicos”. Esa trilogía ayuda a conformar y determinar el norte y la manera particular de ser que tienen las empresas, los entes gubernamentales y las organizaciones sin fines de lucro.

Por su parte la visión, a diferencia de la misión, es esa imagen del futuro que describe lo que se quiere llegar a ser y representa el norte, el estado que se quiere alcanzar. Mientras que a la visión la percibimos como un momento, un estado, la misión es una manera de ser; la misión es algo que nos ocupa todo el tiempo.

La visión es adonde queremos llegar, la misión es la forma en que andamos el camino. La visión tiene fecha de vencimiento (cuando se debe alcanzar), la misión es para siempre, es parte del día a día de las organizaciones. Como dice un amigo: soñamos con la visión, pero vivimos en la misión.

Cabe entonces preguntarnos: ¿Será posible diseñar una vida laboral en la cual los tres elementos antes mencionados (placer, competencia y beneficio) estén presentes la mayor parte del tiempo? ¿Podremos hacer del trabajo una fuente continua de inspiración y satisfacción? He aquí un interesante reto personal y organizacional.

Para ello se deben diseñar cargos con un alto nivel de “Motivación Interna”. Entendiendo por ese término, el estado psicológico particular según el cual, dicho en palabras sencillas, “la gente se siente bien, cuando hace bien las cosas y se siente mal cuando las hace mal”. Una meta por demás loable de alcanzar en cualquier grupo.

¿Se imagina que pasaría en su empresa, por ejemplo, si todos los que allí laboran experimentaran una alta Motivación Interna? ¿Cómo serían los resultados y la experiencia de trabajo con un equipo en el que todos tuviesen sentido de misión?

Lo más probable es que actuarían como “dueños del negocio”, les dolería lo que ocurriera. Se “apoderarían” de las funciones, asumirían los cargos con pasión. Y esto más de un directivo lo sabe, es posible y cuando ocurre, los resultados del grupo son simplemente extraordinarios.

Sería ideal que toda persona o equipo de personas descubriera el sitio que a cada quien le corresponde en esta vida y experimentara la sinergia de contribuir junto a otros al logro de objetivos comunes.

Sin sentido de misión es muy difícil que se desarrolle otro sentido, el de pertenencia hacia la organización. Sin misión y sin valores se carece de mística y en las actuaciones se tiende a transgredir la ética. La ausencia o pérdida del sentido de misión pervierte la finalidad de las organizaciones y puede dar cabida al nefasto fenómeno de la corrupción.

Una misión bien entendida y asimilada es, en buena medida, generadora de una cultura organizacional sólida, produce esfuerzos bien alineados y la gestión se enfoca en el desempeño (lograr los resultados deseados). Las organizaciones que lo consiguen pueden decir que su gente “trabaja de manera sinérgica”.

Los líderes concientes de toda organización, desean infundirle propósito a las acciones de todos sus miembros e investirlos del “sentido de misión”. Pero ese sentido, nunca puede entrar en conflicto con la misión personal que cada uno de los integrantes del grupo ha elegido para sí mismo.

¿Se imaginan, por ejemplo, a un vegetariano trabajando en una carnicería? ¿O a un preconizador de la no violencia trabajando en una fábrica de armamento?

La concordancia entre la misión personal y la de la organización, potencia los resultados del grupo. Pero para lograrlo hay que darle un lugar desatacado a los valores y aspiraciones del individuo dentro de la organización.

Entre otras cosas tenemos que dejar ya de hablar de “Recursos Humanos”, “Capital Humano” o “Mano de Obra”. Todas esas son expresiones peyorativas que disminuyen la grandeza del personal, al equiparlo a un recurso más del proceso productivo. El hombre, la mujer, no son insumos de la producción, son el centro y la razón de ser de todos los procesos que llevamos a cabo como sociedad.

Por otra parte, la misión no puede ser sustituida mediante “poses” de servicio al cliente o al usuario, que adoptan ciertas organizaciones, ya que estamos hablando es de compromiso existencial, lo cual implica identificación y no sólo actuación. Es por eso que en muchas empresas de servicio la sonrisa y “amabilidad” del empleado son vistas por el público como parte de la decoración, o de las normas de la franquicia, mientras que en otras esa sonrisa, comunica y nos llega como un acto humano sentido. La diferencia es, precisamente, compromiso.

Una organización que estimule en sus trabajadores el sentido de misión está en vías de convertirse en una organización de alto desempeño; y ese desempeño tenderá a ser sustentable, pues procede de la conciencia de los miembros del equipo. Un trabajador comprometido es, fundamentalmente, un individuo con sentido de misión.

Hoy día escuchamos, cada vez con más frecuencia, hablar de responsabilidad ambiental, de responsabilidad social y más recientemente (en Europa) de responsabilidad familiar. Este movimiento no es sino la consecuencia afortunada de que muchos dirigentes empresariales han tomado conciencia de como la gestión de sus empresas impacta el entorno en el cual operan.

Es por ello que la famosa expresión “ business are business” debemos tomarla con cautela, puesto que en nombre de ella se han cometido no pocos excesos y tropelías. Hemos deforestado, contaminado fuentes de agua, dado la espalda a problemas sentidos de las comunidades y nos hemos querido olvidar que los trabajadores tienen familias; entre muchas otras faltas. Y todo ello argumentando que el “negocio lo justificaba”.

Pero gracias a los nuevos niveles de conciencia alcanzados por los líderes de muchas organizaciones, la misión de las empresas se ha engrandecido, se ha enaltecido, se ha vuelto más amplia.

Para ayudarnos a enfocarnos en la misión, es conveniente recordar que las organizaciones, como tales, no existen; lo que existe es “gente haciendo cosas”. Nunca veremos, por ejemplo, a una organización firmando un contrato con un nuevo cliente, o haciendo un depósito en el banco. Cuando “vemos” una organización, lo único que en realidad estamos viendo, son personas, individuos, haciendo cosas. Claro que cuando lo que esas personas hacen se rige por un mismo patrón y obedece a un plan común, decimos que estamos ante una organización.

De manera que si queremos tener organizaciones, instituciones y asociaciones responsables y alineadas estratégicamente, lo que necesitamos es que sus directivos y trabajadores sean responsables y estén alineados mediante una estrategia común.

Esto implica propiciar en los trabajadores el sentido de misión personal y organizacional. A sabiendas de que, en ocasiones, la misión organizacional podrá colmar la vida de muchos individuos que nunca se han tomado el tiempo necesario para reflexionar sobre su propia misión. ¡Pero, cuidado! Una cosa es tener personas “bien mandadas” y otra muy distinta es tener personas comprometidas. De aquellas no podemos esperar iniciativas, en cambio, las personas con sentido de misión tienen iniciativas, son pro-activas, ya que no cesan en su intento de vivir acorde a sus dictámenes. Y esto es así porque la misión se convierte en su tema existencial; es su razón de ser.

La misión también puede ser vista como esas carreras de 4 x 100 m, donde cada competidor le entrega el testigo al otro y así entre los cuatro terminan la justa. Cuando la misión pasa de uno a otro, de generación en generación, y es consistente, se logra así construir una organización, una comunidad, una nación.

Para finalizar, recapacitemos sobre cuantas veces nos habremos sentado al pie de un árbol frondoso, disfrutando de su sombra y su belleza, sin pensar que si ese árbol no hubiese sido sembrado por alguien que pensó más allá de sí mismo, y que quizás ni lo vio crecer, no estaríamos nosotros beneficiándonos de él. Eso es sentido de misión… y de trascendencia.

Vladimir Gómez
Consultor en Estrategias y Gestión Organizacional, Director de Consultoría de la firma Trinodus S.A., conferencista y facilitador en temas de transformación personal y organizacional, autor del libro “La Organización en 100 Palabras”

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