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El equilibrio y las presiones en el fenómeno del liderazgo

Pablo Edronkin
 
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Mao Tsé Tung escribió alguna vez que ‘De lo más que debemos cuidarnos es de nuestra propia industria de armamentos...’; el Presidente Eisenhower también habló del ‘Complejo Militar - Industrial’, más o menos en la misma época en la que su enemigo coincidía sorprendentemente con él.

Ambos líderes contaban con amplia experiencia militar; ambos líderes también contaban con una abultada experiencia política. Ambos líderes gobernaban con visiones diametralmente diferentes del mundo pero coincidían en una cosa: existen grupos de poder dentro de cualquier sociedad que pueden resultar excesivamente fuertes y hay que guardarse de ellos.

Esto puede generalizarse a cualquier clase de organización, independientemente de sus objetivos, su organización, creencias, y puede afectar al grupo que representa dicha organización en cualquier momento, y el entendimiento de este fenómeno resulta esencial para evitarse numerosos problemas.

Dentro de las organizaciones existen grupos que asumen vida propia como subsistemas que son y que conforman un todo mayor que es la entidad organizada a la que pertenecen, al menos inicialmente; cada grupo presiona a los demás grupos y al poder político, es decir, al liderazgo de la organización, con el fin de obtener los objetivos propios de sí mismo, pues no olvidemos que cada subsistema es una organización en sí misma.

Las presiones internas dentro de una organización son normales, y es tarea de los líderes el saber equilibrarlas y mancomunar esas energías en pos si uno de estos se torna excesivamente poderoso respecto de los demás, entonces aparecen desequilibrios, lo cual causará un número cada vez mayor de problemas.

Los líderes autoritarios buscan colocarse en la posición de poder ignorar las presiones o bien acallarlas, lo cual puede funcionar más o menos bien durante un cierto período de tiempo, pero tarde o temprano tal estrategia tenderá a fracasar porque si bien las presiones internas podrían ser minimizadas, estas se transformarán en externas al ocurrir que los disidentes empezaran a presionar desde afuera o bien que otras organizaciones, aprovechando la situación, empiecen a emplear los argumentos disidentes en contra del liderazgo autoritario.

En otras palabras, el autoritarismo solamente podrá minimizar la magnitud de las presiones internas por un período finito de tiempo.

Sin embargo, en cualquier caso las presiones pueden escaparse de control o resultar perjudiciales, y otra diferencia importante entre un líder autoritario y otro que no lo es reside en que el primero tiende a pasar juicio moral sobre la naturaleza cualitativa de cada una de las presiones a pesar del sistema de gobierno de su organización, mientras que el que no lo es, lejos de juzgar las presiones ideológicamente las valora, en todo caso, por su magnitud y poder respecto de las demás porque precisamente si se exceden, aunque sean las presiones para obtener lo más inocente que pudiéramos imaginar, podrían causar desequilibrios que afectarían la función de gobierno y la sinergia organizativa.

Los problemas causados por las presiones de algunos grupos pueden resultar más peligrosos en el corto y mediano plazo que otros, pero en definitiva, en el largo todas las presiones de toda clase de grupos desequilibradamente poderosos resultará igual de nefasta, pues estos tenderán a acaparar la totalidad del poder.

Recordando las citas de los dos líderes político – militares que acabo de mencionar, hay que decir que en un país, las presiones de industrias o grupos relacionados con actividades destructivas son más peligrosas en el corto plazo que las provenientes de otros sectores porque acercan al todo – precisamente – a las situaciones de riesgo con las que dichos grupos de poder prosperan, y es por eso que si en una nación el llamado complejo militar industrial se convierte en excesivamente poderoso, también habrá una mayor tendencia al gasto armamentista y a las guerras, mientras que las presiones de otras entidades, como podrían ser las religiosas, no entrañan tales peligros relativamente inmediatos.

Esta tendencia podría llevar tarde o temprano a que sencillamente un grupo o equipo propio e interno a una organización tienda a obtener lo que en un sentido abstracto podríamos entender como ‘soberanía’, que es muy diferente al concepto de ‘propiedad’, que es lo que se supone que los grupos privados o de liderazgo no estatal buscan.

Debemos considerar que al analizar el fenómeno de las presiones normalmente pensamos en que la búsqueda de poder – el objetivo del lobbismo – se relaciona con la búsqueda de poder económico, es decir riqueza o propiedad, pero llega un punto en que dicha búsqueda de poder se transforma de lo meramente propietario en el afán de obtención de soberanía.

Las organizaciones delictivas como la mafia y los carteles de narcotraficantes se encuentran precisamente en esta etapa de cambio, en la cual la búsqueda de poder económico y la naturaleza de la estrategia y los medios que emplean hacen necesario, desde su propio punto de vista, proteger sus organizaciones por todos los medios posibles, pasando de lo meramente criminal a una escala militar en cuanto al uso de la fuerza, y de lo tabú a lo político en la escala social, dejando ya de lado el hecho de que agrade o no, las drogas son populares entre muchos, y pasando a formar parte de una u otra forma, del poder político de numerosos países, con lo cual adquieren en cierto sentido, un poco de soberanía que les permite continuar con sus actividades.

La propiedad es la capacidad de poseer algo, mientras que la soberanía, así como fue definida por algunos filósofos, es la capacidad de ejercer justicia hasta sus últimas consecuencias, es decir, es la aptitud que posee una entidad para definir y ejecutar sentencias, entre las que se incluye la pena de muerte.

En otras palabras, la soberanía es la capacidad de ejercer la fuerza de manera legítima desde un punto de vista legal al tiempo que se limita dicha capacidad a quienes se encuentran subordinados a la entidad en cuestión.

Los líderes no deben ceder poder porque en tal caso pierden esta capacidad ‘soberana’ con lo cual también pierden la aparentemente pequeña pero muy significativa ventaja comparativa que poseen frente a las facciones y grupos que se inscriben dentro de la organización, y al suceder esto se alteran las relaciones existentes, desvirtuándose la organización entera. Es por ello que los gobiernos que se encuentran infiltrados por organizaciones mafiosas, o bien muy influenciados por gobiernos o entidades extranjeras, siempre resultan y serán débiles.

Si tomamos estas definiciones y analizamos la historia, podemos apreciar que efectivamente hasta las organizaciones más espirituales tienden a convertirse en soberanas cuando su poder no se acota: en el mundo cristiano – para citar un ejemplo – la iglesia se convirtió en un auténtico estado supra-nacional capaz de ejercer justicia, ir a la guerra e influir en la política de prácticamente cualquier nación mientras que los estados carecían de poder en todo lo que fuera realmente estratégico.

Platón nos relata en ‘La República’ que la justicia es ‘la ventaja de los poderosos’, y esta frase que no ha podido ser refutada en más de veintitrés siglos, la debemos tener muy en cuenta a la hora de entender cual es la auténtica problemática o peligro que representa el ‘lobby’ dentro de las organizaciones.

El problema con los oligopolios y monopolios, con los fanáticos religiosos, políticos y con los adherentes a cualquier ideología, que son entidades o agrupaciones de entidades que tienden a acaparar mercados económicos o mentales y que representan una de las formas más patentes de lobbismo dentro de cualquier sociedad – aunque dentro de las organizaciones puede haber otras - no es tanto que adquieran una gran parte de la propiedad privada o pretendan destruirla, lo cual indudablemente puede resultar perjudicial para todo el contexto en ambos casos, sino que con ello empiezan a adquirir poder soberano, pues aquí es donde empieza a surgir la intencionalidad de sustituir al poder de toda la organización.

No es de sorprender entonces que con el desarrollo de nuevos grupos de poder dentro de las organizaciones, estos empiecen a desafiar el poder y el liderazgo de las estructuras ya existentes. Todas las religiones y muchas ideologías políticas han tenido comienzos bastante humildes, pero tarde o temprano acabaron por convertirse en entidades con auténtico poder.

Hoy en día, con el desarrollo tan significativo que ha tenido el mundillo de las finanzas, y que hasta podría considerarse como excesivo, al aparecer corporaciones comerciales – en este caso - que son virtualmente más poderosas que ciertos estados, se empiece a afirmar que los estados nacionales ya resultan ‘obsoletos’, y si bien es siempre útil y necesario mantener la eficiencia, los costos bajo control, etc. no se puede caer en el error de creer que toda medida propuesta por tales entidades financieras necesariamente conduzca al mejoramiento de la calidad e vida y de trabajo de todo el conjunto.

Hablar de lograr una mayor eficiencia o reducir los costos de operación de una organización en su conjunto – en este caso, el estado nacional – puede fácilmente convertirse en lo que en lógica se conoce como un ‘acuerdo aparente’, que no es más que un concepto en el que en su carácter general la gran mayoría de las personas podrían estar de acuerdo, pero que en la implementación de los conceptos que llevarían al logro de tales objetivos existen diferencias tan grandes que no se puede decir realmente que el acuerdo sea auténtico.

Sería poco inteligente no estar de acuerdo con gastar menos dinero inútilmente, pero a partir de allí resulta mucho más difícil definir con claridad qué es un despilfarro o cómo se lo soluciona, pues tales asuntos no son puramente objetivos en su naturaleza y en consecuencia nunca podrá serlo su análisis.

En otros términos, la actual tendencia a la ‘disminución del gasto’ resulta ser una falacia lógica, una mentira persuasiva que fácilmente puede ser empleada por cualquier grupo de poder para desafiar a otros, y en este caso y de forma creciente, a los estados nacionales.

Uno de los mejores ejemplos de acuerdo aparente lo constituye la teología, pues salvo por el ecumenismo que intenta salvar distancias en este sentido, las principales religiones del mundo tienden a creer en la existencia de un único Dios, pero a pesar de parecer de acuerdo en esto, resultan violentamente diferentes en todo lo demás.

Por ello, un líder no debe caer en el error de las modas, de guiarse por ‘las últimas tendencias’ o por los ‘analistas’; es correcto tomar en cuenta las diversas opiniones que pueden aparecer en el contexto de cualquier situación o cualquier organización, pero así como no se debe desestimarlas, tampoco hay que considerarlas como automáticamente válidas sobre la base de supuestos.

Hoy en día estamos demasiado acostumbrados a suponer; suponemos que si alguien es un ‘analista’ entonces sabrá, o bien que si alguien proviene de una prestigiosa universidad tomará siempre las mejores decisiones, damos por sentado (suponemos) que una entidad estatal resulta siempre menos eficiente que una privada, pero este conjunto de suposiciones carecen de fundamento tangible: Latinoamérica ha visto pasar recientemente a una serie de exaltados personales de la economía, con títulos prestigiosos, avales internacionales y el equivalente financiero de todas las medallas militares, y sin embargo, tras una década de experimentos la población en general de esta región está peor que antes.

Incluso en Alemania, donde el ‘Deutsche Bundesbahn’, es decir la conocida DB de los ferrocarriles alemanes, la cantidad de accidentes y problemas en el transporte aumentó cuando estos se privatizaron, y cualquiera que haya visitado dicho país desde la segunda guerra mundial hasta que en la década de 1990 se efectuaran tales privatizaciones, podrá afirmar que el servicio ferroviario de la ‘DB’ estatal no era malo ni mucho menos.

O basta preguntarse cómo es que la SNFC francesa, también estatal, es una red ferroviaria que cuenta con los trenes más veloces del mundo, capaces de competir con el transporte aéreo. Es más, hasta habría que plantearse cómo es que Europa, ‘recargada’ de gastos sociales, ‘impuestos elevados’ y ese tipo de objeciones, ha crecido desde la segunda guerra mundial a un ritmo mayor en los hechos que otros países, regiones o economías supuestamente más eficientes. De lo contrario, Europa, de estar destruida en su infraestructura en casi un 90% en 1945, no podría haber alcanzado y hasta superado – por ejemplo – a los EE.UU. en calidad de vida, tamaño de la economía, etc. si no hubiera tenido un crecimiento mayor, porque no se superan las brechas y distancias si no se viaja a mayor velocidad.

Esto demuestra que las percepciones superficiales engañan, y que la búsqueda de lo ‘eficiente’ a veces se convierte en ineficiencia. La ‘vieja Europa’ ha demostrado a lo largo de medio siglo que como dice aquel refrán argentino ‘El Diablo sabrá por ser Diablo, pero más sabe por ser viejo’, y que no debemos dejarnos llevar por las apariencias o los análisis limitados en su alcance como los que dirían que la SNFC o la DB no eran rentables.

El caso europeo sirve de ejemplo en el sentido de que a largo plazo resulta mucho mejor saber equilibrar todas las presiones internas de una organización que pretender ignorar algunas, y que es más aconsejable no dejarse tentar por algunos consejos que pueden parecer interesantes pero sobre las necesidades de todo el grupo.

En otras palabras, el bien común de la organización no debe buscarse en base al criterio de uno de los componentes de la sociedad sino como resultado de las opiniones y puntos de vista de todos, y el grado de éxito en esta búsqueda depende esencialmente de la habilidad de sus líderes para mancomunar dichos esfuerzos, y no tiene nada que ver con su capacidad para imponer ‘medidas de ajuste’ u opiniones parciales.

Volviendo al caso de los ferrocarriles europeos, puede ser que en una organización de gran tamaño, un grupo o equipo como estas empresas ferroviarias no sea rentable o parezca ineficiente, molesto o innecesario si se le considera de forma aislada, pero en realidad hay que ver el contexto, la sinergia y la estrategia organizacional para entender su papel, y sino, trate de erradicar a los mosquitos del ecosistema mundial.

Si nos guiáramos por las palabras de los gurúes de moda, entonces la Unión Europea no hubiera llegado a donde está por poseer ferrocarriles ineficientes, por el excesivo ‘gasto social’ y esas cosas, pero como dijo recientemente el Secretario de la Reserva Federal de los EE.UU. en una interpelación de congresistas. ‘... no hay que suponer que el poder político se comporta de manera absolutamente racional...’, y no se refería precisamente a los latinoamericanos, árabes o europeos sino a su propio país. Si constatamos las credenciales laborales y académicas de muchos de los colegas de este funcionario veremos que son de excepción, al menos en teoría.

El poder político es siempre el poder de liderazgo de una organización. Ya sea en un estado nacional, en una compañía comercial, en una fuerza armada o una organización eclesiástica, los altos mandos toman diariamente decisiones que se relacionan con la búsqueda del equilibrio entre los recursos y los objetivos organizacionales, cosa que es muy distinta de las decisiones operativas o ejecutivas que son propias de los estamentos subordinados porque estas últimas conllevan a una visión especializada de las cuestiones, mientras que la política y el liderazgo implican quizás menos detalle técnico pero una mayor visión de conjunto pues no se puede liderar sin entender intuitiva o racionalmente lo que es una sinergia.

Para manejar los asuntos de una organización hace falta mucho más que el criterio de un analista o los preceptos de una ideología o perspectiva personal. Hace falta una estrategia de largo alcance que entienda que no se puede gobernar o liderar para una parte solamente y por mucho tiempo, porque tarde o temprano, las cosas tenderán a equilibrarse tanto como que la naturaleza odia el vacío pero no hay ninguna garantía de que en tal caso los cambios sean pacíficos.

La verdadera sabiduría de un líder puede medirse sobre la base de la forma en la que es capaz de mantener el equilibrio entre las partes de la organización que encabeza.

Pablo Edronkin
Presidente de www.andinia.com y Director General del GEA (Grupo Explorador Argentino)
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