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Títulos y Cargos: Dos Mitos Administrativos

Félix Socorro
 
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No hay nada más útil que invocar al “uso y costumbre” para explicar muchos de los paradigmas e incluso gran parte de las expectativas que flotan en la sociedad con relación a ciertos elementos de la administración contemporánea.

Soñar con ser el presidente de una firma no es extraño para nadie, y es que hasta las expresiones culturales como el cine y las telenovelas alimentan este tipo de fantasías, ofreciendo imagines de acaudalados magnates de extensas y lujosas oficinas donde el dinero parece estar asociado a un cargo o a un título en particular.

Ese tipo de ilusiones sociales generan en las personas al menos dos expresiones opuestas, orientadas al mismo fin pero con diferentes metodologías para alcanzarlos, ya sea por la vía difícil: estudios, trabajo y privaciones, o por la vía “fácil”, a través de no tan obvios elementos.

La posesión de títulos y cargos parece ser un denominador común que reside en el subconsciente de cada persona que desea crecer en el campo laboral, no importa su posición, ya sea como empleado o como empleador.

Algunas empresas han sabido explotar tales pretensiones otorgando a actividades sencillas, operativas y monótonas, denominaciones rimbombantes que resultan atractivas para las personas cuyo paradigma dominante da particular importancia a los nombres que posea un cargo en particular. Por ejemplo pareciera tener más nivel y sofisticación ser un “Ejecutivo de Ventas” que un “Vendedor”, aun cuando la finalidad sea completamente la misma. Ser conocido como “Director de Administración” y no como el “Responsable de la Empresa ”, resultará más acorde con las responsabilidades que se poseen en un área en particular y, finalmente, no pareciera poseer el mismo impacto, en lo que al resguardo de las instalaciones se trata, contratar a un “Vigilante” en vez de un “Oficial de Seguridad”.

Es un hecho. Muchas posiciones son sobrevaloradas debido a la explotación del nombre que le asignan, obviando totalmente el nivel de responsabilidad e incluso de remuneración que la misma posee. No obstante, una vez que se ingresa en el mercado laboral, esta ilusión asociada a los nombres puede llegar a producir decepciones alarmantes, pues es también muy común observar cómo cargos que carecen de ciertas exigencias resultan mejor remunerados y dan mayores satisfacciones que aquellos que parecen inalcanzables y son rudamente disputados en la escena laboral.

Un ejemplo de estos encuentros con la realidad se aprecia en el mercado cibernético: los programadores y analistas del campo suelen poseer niveles de ingresos de respetable cuantía, dependiendo del nivel de especialización que posean. Es tan interesante estudiar estos casos, que para algunas personas resulta insólito observar que un joven programador de Oracle, por citar alguna rama, puede recibir como contraprestación la misma suma o una mayor que cualquier Director, Gerente o Jefe de Sistemas de una mediana empresa, y todo ello sin tener que asumir las limitaciones asociadas a esas denominaciones, pues en ese campo se ha comprendido que el programador posee niveles de eficiencia que no están atados necesariamente a los horarios tradicionales.

Esas diferencias entre cargos e ingresos están por doquier, desde personas que se han dedicado a la venta de productos en empresas de multinivel, hasta consultores de maletín cuya función asesora parece vital a cualquier organización. Lo interesante de estos casos es que ninguno de ellos se presenta como el CEO de su área, aun cuando sus ingresos superen o igualen a esa posición.

Entonces, los títulos son un mito. Las personas no son más o menos importantes por los títulos de sus cargos. La raíz de la importancia no se encuentra en cómo se llame el cargo que se ocupa, sino en el impacto que la operatividad o la estrategia que el mismo imprima a la organización. Esto quiere decir que si una persona ocupa una posición que se denomine “Auxiliar Administrativo”, pero sus funciones, productos y servicios generan una relación determinante en la empresa, siendo su contraprestación del mismo tamaño de ese impacto, da igual que se llame así o que le digan Chief Executive Officer.

Cualquiera que haya estudiado Organización y Métodos o alguna manera de poner orden en las organizaciones podría contradecir lo antes señalado, pues ofrecer un nombre a cada cargo y ofrecerle un nivel de importancia a ese nombre es lo que permite a las empresas mantener el orden, la jerarquía y la motivación por escalar hacia posiciones más importantes. Y eso está bien. Está bien para empresas estructuradas e ideadas a la más pura usanza de la primera mitad del siglo XX. Pero las organizaciones contemporáneas no requieren de tales artilugios para mantener interesado al empleado, visto ahora más como un socio colaborador, a través de complicados y entremezclados nombres para generar status.

Las empresas contemporáneas observan al individuo bajo un concepto diferente, y por lo tanto valdrá más mientras más valor agregue, sin importan el nombre del cargo que ocupe.

Tal vez este complejo enlace de títulos y grados es el resultado de una tradición ancestral asociada a las monarquías y sus amplias subdivisiones, donde era necesario, e incluso vital, ostentar un título para ingresar a la nobleza y ser escuchado por el resto de la “gente importante”, tal y como aún hoy en día se entiende que pueden hacer las personas una vez que han alcanzado una posición supervisora en cualquier empresa de corte tradicional.

Otro mito asociado a los títulos y cargos es la existencia misma de ellos como elementos indispensables para ser reconocidos como empresas. En el presente resulta utópico imaginar una organización sin cargos y estructuras jerárquicas, tal y como se expone en el Zeitgeist Gerencial, pues tradicionalmente esos son elementos de las sociedades mercantiles que son exigidos en la misma legislación, la cual por cierto ha sido plasmada por personas que poseen una concepción típica de la empresa.

Las personas deben enfocarse más al objeto del cargo que ocupan que a la denominación del cargo en sí, y tal vez este fue el éxito de los aduladores en las monarquías, pues aun cuando eran considerados inferiores, sabían el nivel de influencia que tales posiciones tenían y su impacto en las decisiones del rey. Estas personas eran llamadas de muchas formas, e incluso gozaban de nombres despectivos o chistosos, pero tal era su fuerza que podían regir en la vida o en la muerte de una persona.

El concepto monárquico es entendido en las empresas bajo la visión del presidente, quien es el rey, y los vicepresidentes, que vienen a ser los virreyes; los consejeros podrían igualarse a los accionistas, y así sucesivamente, lo que demuestra que los títulos y cargos sólo son un paradigma que se ha traducido de otras fuentes administrativas y cuya importancia e interés responde más a un patrón que se resiste a desaparecer que a una legítima razón administrativa.

Félix Socorro
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